Estoy soñando, que sueño
con una ciudad dormida,
por la que yo ando despierta
y recorriendo la calle como un espectro.
Tengo miedo de encontrarme sola
en medio del camino, por el que no pasa nadie.
Es un camino largo, que no va a ninguna parte.
La sombra que me sigue no es mi sombra,
es una sombra extraña.
Tengo miedo, me parece que la siento,
como si me abrazara, como si me envolviera
en su sútil velo de transparencia blanda.
¡Ya no tengo miedo!.
Con sus finísimos dedos de humo,
me acaricia el Alma.
Es una caricia leve, lenta,
que la piel me traspasa.
Ahora ya no siento miedo
porque de esa sombra Jesús es el dueño
que nos ayuda en todo momento
y nos salva de cualquier sufrimiento.
domingo, 28 de octubre de 2007
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